El paisaje
Relatos de Denyse
La doncella miró a través de la ventana de su habitación por segunda vez en su vida; el
nuevo castillo le permitía ver aquella hermosa visión que la tenía perpleja: Un paisaje
florido, aves de colores sobrevolando el jardín y hermosas montañas azules como un maravilloso
fondo soñado por cualquier pintor.
Ella sonrió. Algo en ella se había transformado en aquel paisaje. Sintió que sus ojos se
convertían en aquellas nubes y sus pupilas en diminutos soles que iluminaban su alma. Su
piel percibió el viento y ésta se estremeció como si su aire agitado hubiera arrasado con
los sembrados de su cuerpo y miles de semillas hubieran viajado a otros paraísos. El lago
escondido tras el jardín, parecía un espejo misterioso donde todo secreto se escondía e
imaginó en ese instante que reflejaba en él su rostro desde el cielo como si fuera una
paloma inmensa que luego reposara en sus orillas y bebiera de él hasta saciarse.
Sus labios se humedecieron con ese pensamiento.
Imaginó que su cabello ondulante sobre el viento se mezclaba con las hojas y las ramas
de aquellos arbustos lejanos y sintió en su vientre los pasos de un ser lleno de fortaleza
que escalaba aquellas cumbres.
El paisaje era ahora parte de ella. La hermosa visión se había fundido en su interior.
Un amanecer, se levantó de su lecho la doncella y se acercó de nuevo a su ventana. El cielo
nublado llenó de oscuridad su corazón. Una tormenta estaba por llegar, rayos luminosos
hirieron el cielo violáceo.
Al principio sintió frío y temor, pero luego comprendió que todos los paisajes por más
bellos días que obsequiaran, no podían negar dar también sus sombras. Las nubes cubrieron
las montañas y su vientre se heló. El sonido de los truenos rompieron su corazón. Vio
caer la lluvia al mismo ritmo que sus lágrimas y las flores desaparecidas opacaron sus
mejillas y sus labios. A punto de enfermar estuvo la doncella, pero se mantuvo de pie y
contempló la furiosa tormenta y la aceptó sin que por ello dejara de sentir la visión en
ella misma.
Abrigó su cuerpo con ilusiones y se durmió.
Y llegó la noche.
La doncella despertó, se levantó y corrió rápidamente hacia su ventana. Afuera, las
estrellas titilaban con suprema claridad. Un aire de tristeza la invadió. La heladez le
pareció comprensible y deseó salir a abrigar a la noche con ternura, decirle que amaba
también su oscuridad, que no importaba que pretendiera bajar sus estrellas como señal
de su llanto. Ella pondría en su lugar una gran luna; con sus alas subiría y la encendería
de afectos y al momento la noche sería feliz. Todo ello lo haría con tal que el paisaje
siguiera allí, hermoso como siempre, inspirando cada uno de sus días, cada uno de sus sueños.
Fue así, que se preguntó si era posible realmente salir de su castillo; de ser así viajaría
cual fantasma sobre aquel paisaje y reposaría en sus campos con la dicha más grande del
mundo… exploraría sus aromas y se cobijaría con sus flores, nadaría en su lago sumergiendo
su cuerpo hasta el fondo y surgiendo de nuevo a encontrarse con la niebla que envolvía
sus montañas, treparía a los arbustos y se sentaría a charlar con los pájaros, oiría la
música del viento y la voz de su tierra.
Pero se preguntó otras cosas: ¿Cómo salir de este encierro?, ¿Dejará el paisaje que yo
le abrigue, querrá él abrazarme? ¿Podrá ser mi hogar? ¿Y si mi presencia desatara tormentas
y noches interminables en vez de días soleados? ¿Podré vivir allí alguna vez? ¿Cómo sé que
no habrán peligros o decepciones que como monstruos, me hagan abandonarle? ¿Cómo sabré
si soy bienvenida?
Contempló, entonces, la doncella con tristeza, que aunque su alma fuera capaz de ir allá,
ella continuaba atrapada en su castillo… que la distancia entre su paisaje soñado y su
castillo era tan largo, tan largo que no podía medirlo.
Ella cerró sus labios y se abstuvo de gritar al viento: “Quiero estar contigo mi paisaje
amado, quiero volar, salir de aquí y vivir en tu lago, tus montañas, tus flores, dejarme
mojar por tus tormentas, visitar en las noches tu tristeza. Quiero estar en ti”
Guardó silencio y aquel deseo quedó oculto, pues de nada valía gritar frente a su ventana
si su voz no llegaría ni a las aves.
Le pareció que el paisaje se tornaba borroso y aún más lejano. Esa distancia trazó un
camino largo en su interior…
Un nuevo amanecer le hizo abrir los ojos. El sol, que visitó su castillo, invadió sus
sentidos y el tiempo le susurró al oído que no podía acompañarla más. La puerta de la
habitación se abrió de repente empujada por un viento lejano. Ella atravesó un pasadizo,
bajó las escaleras y dejó atrás una puerta inmensa de hierro forjado… Se sintió libre.
Respiró profundo el aire que le regalaba la vida, miró al horizonte y ahí estaba: Todo
lo hermoso de su paisaje le sonreía allí mismo, y seguía allí tan real como siempre.
Entonces, dejó el miedo, o más bien, caminó con él empuñando entre sus dedos la fe de no
perderse. Sabía que faltaba mucho por andar y sabía también que no era lo mismo ver todo
desde el cielo que tocar con sus pies la tierra atravesándola en medio de piedras y espinos.
Pero ella ahora es feliz, viaja hacia el paisaje de sus sueños. No sabe si algún día
llegará, más no le importa, pues lo hermoso siempre lo encontrará con cada paso…
Denyse Gómez
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